Sostenia la foto de aquel iluminado en mi diestra . Tapado hasta la cintura con una manta. Hacia dias que no dormia tranquilo. Cada segundo me acercaba más a mi destino. La impaciencia recorría mi sangre. Si hubiera ido más rápido, no hubiese dudado en echar a correr campo a través, pero sabía que no era factible.
La imagen de aquel cuadro y el eco de aquella voz me impacientaban aún más. Era consciente de que no sabría qué hacer llegado el momento de hablar con él. No me preocupaba. Lo único que me inquietaba era el qué me diria.
Aquel hombre no era para mí un hombre. Conocía su rostro, sólo en celulosa por supuesto. Podía notar su grave voz susurrándome al oído. Eran sólo meras expectativas.Y no dudaba que fueran superadas en el momento del encuentro. Esa noche tampoco logré dormir.
Por la mañana, o quizás durante la madrugada llegaríamos a la última estacón. Reinado indiscutible de Kurtz. No queria perder ni un segundo de todo lo que acontecerìa desde que tomásemos tierra.
Así que me levanté. Salí a pasear por cubierta. Estaba absorto en el romper de las olas en proa.
Una aparencia tranquila envolvía los misterios y peligros acechantes. Aquel inmenso verde formado por la selva era hipnótico. El silencioso pasar del tiempo me amodorraba, placenteramente, a ambas orillas del río, donde afrontaba este singular viaje.
Quedaba muy poco. En comparación de lo que habíamos viajado casi no era nada. Casi podía sentir el calor de su aliento, llamandome entre susurros. Nuestra barca discurría a través del río. Ya éramos parte de aquella selva. Lo cierto es que en mi corazón sentía hasta su última rama. Sentía el alma de la selva, cada vez mas mezclada con la mia.
Nos adentramos en la selva sin saber que era ella la que entraba en nosotros. Aquel rio fue nuestro hogar todo aquel tiempo. Parte de el siempre quedó presente en todos nosotros. Lo cierto es que era más que un camino de agua. Era un viejo rio, sabio y malvado capaz de conducir a su antojo a los marineros al mas cruel destino.
Así me quedé el resto de la noche, escuchando los ronquidos de algunos de mis compañeros.
Serían las siete u ocho de la mañana cuando, con la mirada fija al frente, vi aquella casa. ¡Que sensación! De pronto tantas dudas como ilusiones me asaltaban. ¿Estaría el ahi?, ¿Si asi era, seguiría vivo tras ver el incidente con los nativos que nos asaltaron?
La oscura idea de que lo hubieran matado me ponía los pelos de punta. Nunca podría oír aquella voz. Aquella voz con la que tanto había soñado. El fin de nuestro viaje estaba cerca. Abrazado por la brisa, me inundó la grandeza que debían haber sentido los grandes conquistadores, tomando tierra en un lugar inexplorado.
Lo mejor estaba aún por llegar. Estábamos a diez metros escasos de la orilla. Me apresuré a saltar del barco. Di unos cuantos pasos a saltos por el agua y me arrodillé en la arena de la orilla. Arrancando puñados de arena con las manos y dejando que grano a grano escaparan entre mis dedos.
Alcé la vista. Había centenares, incluso, puede que miles de nativos armados con primitivas lanzas y flechas. Nosotros teníamos armas de fuego, pero en el mejor de los casos seríamos uno para veinte. En ese instante lo imagine a el, con pintura de guerra, una mezcla entre mercenario y jefe de la tribu. Corrompido por aquella selva que arranca la bondad de las almas y las arroja al corazon de las tinieblas.
Observé los árboles que nacían en el comienzo del rio. De sus ramas colgaban cabezas. Pude reconocer un par de fotos de otras estaciones. Intuí nuestro futuro pero para nada tuve miedo. El hecho de verlo nublaba el resto de mis prioridades.